16 abril, 2021

El rampante león de la bandera de Flandes

Las críticas que hundían a cualquiera eran la gasolina de Richard Virenque

En una de las muchas charlas que dio forma a «Secundario de lujo», la vida de Jaime Mir, quien nos dejara hace menos de dos años, el que fuera hombre orquesta del ciclismo durante tantos años me describía a Richard Virenque como un tipo especialmente desagradable, distante y soberbio.

En un ranking de antipatía, a su juicio, sólo le superaba Laurent Brochard.

«Es un pied noir» incidía, y no pocas veces por sus orígenes magrebíes, nació de hecho en la mítica Casablanca, donde la película, en Marruecos.

Con las impresiones de Mir, con el recuerdo del momento, de aquel momento, lo cierto es que no pondríamos a Richard Virenque que entre mis «preferiti», pero como todo en la vida, con la edad cambia la perspectiva y también las opiniones, y Virenque goza de mejor reputación actualmente que cuando era corredor.

Pues Virenque en competición era una mosca cojonera con todas las letras, un tipo que te incomodaba hasta la saciedad, sacándote los colores y a veces de la carretera.

Como en esa bajada del Joux Plane, el día que Roberto Heras se sacó el billete hacia el US Postal de Lance Armstrong.

En la ascensión Heras causó un destrozó tremendo, en el que posiblemente su fue su mejor día en el Tour, además a los mandos de un equipo, el Kelme, pero en la bajada la perspectiva de que Virenque le disputara la etapa pudo con el bejarano que hizo un recto no lejos de meta.

Virenque fue afortunado aquel día, sí, pero persiguió la gloria hasta cogerla con las manos

Y no era sencillo, volvía el francés a brillar en el Tour, la carrera que le cerró la puerta y le había echado con su equipo un par de años antes.

Volvía vistiendo los colores del Polti, un equipo italiano, él que había sido la niña bonita de la carrera, el ciclista más aclamado de Francia.

Desde el minuto cero de su salto a la popularidad Richard Virenque tenía claro que no iba a pasar desapercibido, en efecto aquella vez que se vistió de amarillo al llegar escapado con Javier Murgalday a Pau, Tour de 1992.

Entonces en el RMO, dio el salto a Festina e inició un idilio con el Tour que tuvo el paréntesis de la expulsión del 98, pero que duró hasta el mismo momento de su retirada.

Virenque consiguió más títulos de la montaña del Tour que nadie, mejor, numéricamente hablando, que Bahamontes y Van Impe, aunque no creo que fuera mejor escalador que ninguno de los dos.

Por que Virenque nunca nos pareció un superdotado, ni siquiera tenía la visión 360 de Laurent Jalabert, su alter ego, pero la imprevisibilidad de su forma de hacer sobre la bicicleta, le revistió de un carisma que tocó techo en 1997, cuando tuvo el Tour más cerca que nunca, si no hubiera vacilado, como nos admite el propio Fernando Escartín, en aquella escapada de los Vosgos.

No se entendió con Pantani, pero tampoco sacó partido del escandaloso dominio que Festina ejercía sobre la carrera aquellos días.

Este era Virenque, a veces genio, otras un loser de mucho cuidado, protagonista de lo mejor y lo peor en corto espacio de tiempo.

Cada triunfo suyo llevaba la rúbrica de la gesticulación y la agonía pero también el de una valentía que muchas veces rozaba la temeridad

Como aquella París-Tours que se llevó para disgusto de Oscar Freire: si había una carrera alejada de su perfil era ésta, pero Virenque no desistió, tomó el mando junto a otro que tal, Jacky Durand, cuando la larguísima carrera no llevaba más que una docena de kilómetros.

Rodaron y rodaron, a diez de meta tenía un minuto largo, en el repecho posterior, se desharía de Durand y acabaría ganando sobre la bocina.

Dominó los Pirineos en sus primeros años, fruto de largas escapadas, puso su nombre en el Ventoux, extendería su magia a los Alpes, dos veces en Morzine, y finalmente al Macizo Central, en Saint Flour, donde David Etxebarría ganara una etapa.

Episodios que hablan de un ciclista que arrastraba masas, con carisma, ¿sobrevalorado? quizá, pero bueno, muy bueno en lo suyo: dar que hablar, para bien o para mal, pero hablar, pues las críticas que a muchos podían hundir acabaron siendo su gasolina.

Fuente: aquí

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.